Fonema

voy a decir

si un día decido correrme del despojo

de los insectos e insecticidas

correrme de las plumadas

también de estas hojitas

que le importará al trueno que lo lean

las raíces buscan el cielo

la inversión

                                                     el acento

 

si un día lo decido

me correré del verbo más fecundo

del grunimiento apellidado texto

luengo hacer me espera sólido

me correré y me corro

hasta tanto alboree

las manus palabras ya no alcanzan

                                      que cae de su peso.

Juan Disante – bien entrado el otoño

 

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Puntitos

Cuesta juntar las letritas

cuando la inocencia del otro

está mal aceptada.

De un tirón

te arrancan los pelos

y  el sueño se va.

No pudimos creer

que la bandera no flameara

y los puntos sobre las íes

cayeran.

Que el borde de la palabra

no sirviera.

Quien sabe

tal vez en mitad de la noche

despojado de camisetas

vuelva a poner los puntitos

que si ya no existieran

                                         cabría inventarlos.

Juan Disante

Felices vientos

Yo sólo cambio de humor cuando, ese viento que

enloquece la razón, viene norteando.

Seguramente debe ser porque esa atrevida turbonada pretende borrar todas mis imágenes del pasado.

Tengo un problema personal con su forma de abrir sus fauces, mandarnos unos calores fulminantes y arrasar con la conciencia.

Al pasado puedo retenerlo en cuanto son imágenes que relampaguean, para dejar de ser vistas cuando la impertinencia del viento norte se pone celoso y agresivo.  Cuando ofusca el cielo y el amor.

Pero descubrí que puedo pelearle.  Entonces me dispongo a danzar esas rondas que me enseñaron los Mapuches.  Convocar a mis amigos.  Ahí, mis mandingas ventosos del Sur pampero me escuchan, se arremolinan, se levantan desde las entrañas montañosas, hinchan sus bocazas y soplan… soplan… soplan.

Ahí me vuelve tu mirada.  Aquellos ojos negros.

Retengo tu rostro de aquella noche de abril en que te conocí, empapada, saliendo de la tormenta. Y yo convocando a mis dioses paganos.

El Alisio es el verdugo de la muerte, pero la sudestada pampa no se le achica. Y los vientos disputan. Van y vuelven. Sacan sus sables. Llevan y traen.

Finalmente se abrazan.

Ahí vuelve la caricia de la Memoria.

Ahí vuelves.

Juan Disante

El Tiempo

descarga (5)
Engraciamiento y escarnio pasionales
están muy cerca recorriendo uno a uno los asuntos
constatan
repelen
intercambian frecuencias
malogran el dicho antañón aún vigente
reparten la vara de cada instante
sostienen matraqueos al aire factible.
                          —-
Y un día se van de sí
interponen calzas entre inocencia y desapego
desguace y absolución
desarmonía y maridaje
rencor y bobera.
                        —-
Al cabo
se abalanza con sus omegas
el Tiempo desojerizado
sin tirria ni adoración terrenal
y consigue lo que no alcanzó la razón del periquete:
despunte final de su achicharrante piel
tan cerca de lo esencial.
Juan Disante

Los cuerpos

Los cuerpos sietemesinos

retoñaron la puerta cancel a la luz

encandilados por el esplendor del éter

maternizaron en el calostro.

Los cuerpos juegan

crecen

reparan el contrapeso del pasado

erran el tiro

imitan la mueca del futuro

repiten

sudan

atinan.

Los cuerpos transitan

cierta vez protestan

por la antiluz que no quieren ver.

…..

Los cuerpos son gaseados

aperdigonados

porque los cuerpos sin cuerpo

vuelven al etéreo tejido 

del cuerpo a cuerpo.

Juan Disante – 7/1/16 – La Plata. Represión

Pelusitas

El amarillado prevalecer de la fachada sorda
se interpone apurado
repentino
a traspié
a los pasos austeros de los no ávidos
en las caminatas con olor a arena
sobre los adoquines pisoteados del tiempo
y no hay respuesta del (h)ermitaño Hermes
sólo sonsacar al último tren descarrilado
a los huecos sabedores de huecos
que temen de las pelusitas que crecen
hoy no mañana sí
que no se afligen por los distintos verbos
peticionantes del quiero más
por la subterránea Buenos Aires
donde los ciegos siguen rompiendo sendas
tientando paredes. 
Juan Disante – Enero/16

Corrijo

En el Ambulacro del Vaticano, hay una doble herma de Sócrates y Platón. El lector de los diálogos socráticos de Platón, se enfrenta al rostro de Sócrates; desde este punto de vista, las características de Platón son invisibles. (…) Como lectores, vivimos en el siglo V y somos contemporáneos de Sócrates, no de Platón.
D. Clay, Platonic Questions. Dialogues with the Silent Philosopher, Pennsylvania UP, pp. 11-12.

“Corrijo” está dedicado al Maestro José Manuel Caballero Bonald:

Hasta donde he sido impotente de rasgar la secretosa voz de la palabra

para ahuecar la despegada memoria en sus vueltas y revueltas,

de qué modo trozar la bruma que oculta el suceso,

cómo cuidar el palabreo de los mitos inexpertos.

 

¡Qué pánico ahogador a la sequedad de la lengua!

¿Qué me he propuesto sin poder cumplir?

¿La acción atilada de artificiarme en el brillo

estando él tan lleno de frenados recuerdos?

 

Las nuevas voces se tocan, se huelen, se palpitan,

como el hender de la vuelta, pedir la palabra y dejarse llevar,

quitar el velo jabonoso de la camisa transpirada,

estrujar el verbo negrusco recién lavado en agua del cielo.

 

Enmendar la experiencia tenue del distante realismo,

luego volver a la prístina anomalía del hálito griego,

que sea la palabra, no su argumento quien nos pasme

y allí estará el espacio de la libertad que nos espera en el Yo. 

 

Autor: Juan Disante – Fin de año

 

 

La realidad

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No voy a esperar que nadie lo diga.

Elijo los sueños

elijo desbrozar fibra a fibra

a los míos

hacia adentro

hacia mi mal querido ego.

Con la mano izquierda de mi pluma

hago acordes con voz baja,

con la derecha no sale la melodía

bramando.

La realidad es sombría

impenetrable

porque allí no están sus raíces.

La vida nueva que mata a la vieja

 que tapa mis goteras

la perplejidad

se encuentra en reposo

en el interior de la memoria

dilata en desentrañar el texto

en desmalezar el total

y fluye.

La realidad puede ser deconstruída :

su rizoma está en hacer noche en la imaginación

de los deseos.

Por: Juan Disante – Buenos Aires

Algo huele mal en mi duermevela

Acabo de leer esa maravilla literaria que escribió Bram Stoker y me acuesto a dormir. Es medianoche del 31 de agosto de 2015 y no puedo pegar los ojos. Todos los comienzos de septiembre me sucede algo parecido. Siento un escozor que recorre todo mi cuerpo. Pero este año acierto al decir que se agravó. Creo observar desde la ventana un excesivo deslumbrar de las estrellas. Tal vez esté buscando la mía, en pocos días cumplo años y lo supongo una prolongación sin objeto, sin resolución de continuidad, un vergonzante estrépito de desafío a Mercurio.   El tiempo es un picaporte. El tiempo es echar suertes. El tiempo es sujeción. Es siempre juego y final.

Ahora sí, me viene la cabezada, el amodorramiento del carnero, que creo que va a terminar en el duermevela, ese sin fin soporoso, ese no saber si estás en la soñera o en la vigilia.  De repente, la oscuridad de mi cuarto es invadida por un extraño y ácido olor a no sé qué. En seguida vino a mi mente la figura de algo horrendo, una figura sin rostro, seguida por varios roedores. Un olor fétido, persistente, se filtra por las aberturas de la casa. Creo que viene del exterior.  Desnudo como estoy, me precipito hacia la puerta de entrada y descubro que nadie transita por las veredas. Todo es un irreconocible páramo en una noche pintada de ocres. Sólo hay una excesiva polarización de la amarillada luz de la luna y un vaho denso y pegajoso que se eleva desde la calzada. Pero, abajo, toda la tierra despide una catinga propia de un despanzurramiento. Desde la profundidad cloacal de cada sumidero se eleva el vapor de un gorgoteo pútrido. Los adoquines traspiran. Todas las paredes destilan un fermento gelatinoso, descompuesto. Desde el fondo de la calle, avanza sobre el empedrado, un barrizal aguanoso que anega todo y se mueve de una vereda a la otra. Lo que domina es un olor tan mefítico y ofensivo que parece producirse por una especie de amalgama de todos los descalabrados olores del mundo. Está lleno de humedales por donde se mire. Mis pies descalzos pisan las resbalosas fibras del moho que a veces despunta, como un libidinoso fasto genital. Soportando ese  olor que penetra la nariz, lo oídos y hasta la sesera, se termina por no saber a qué huele y me rodea la vaga pregunta de a qué viene esta pestilencia.

Y cuando el moho empieza a fermentar se filtra por las hendijas de las casas un áspero barrunto a semen, a jugos de placenta, a entraña recién fecundada. Vuelvo a mirar mi cuerpo y no entiendo por qué estoy completamente desnudo. El aire va saturándose de una especie de invasión fetalmente imperial  que veo traspirar por todos mis poros y va depositándose en mi memoria la ignota extranjería  de los olores. Todo huele a moho, a cebollas putrefactas, a venenosos ácaros, a cosas antiguas, a vértigo, a cianuro, a ovario fúnebre. Puedo intuir el tufillo esperanzador de una colosal tormenta que arrasará con todo. Puedo también sentir el retemblor de un nacimiento incierto. Pero ya comienzan a estallar fogatas por todos lados, lo que agrega el endemoniado azufre a la hediondez global. Desde los desechos de la quema se levanta una enloquecida algarabía de alzados cuervos del tizne que vienen a posarse sobre el fétido paridero de la tierra que nunca hubiéramos querido conocer.

En el fondo de la brumosa penumbra veo al corrompedor Nosferatu adorando a su amada y esperando la llegada de sus vástagos antes que el sol asome. Su presencia es dominante, apestada, victoriosa. Nunca asistí a un alumbramiento contra la vida, contra la rosa. Como el Rey, me veo desnudo y siento unos vagos escrúpulos de conciencia. No sé por qué.

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Juan Disante